domingo, 26 de junio de 2011

MI HERMANO EUGENIO Y YO



A mitad de los años 60s, estudiabamos en el Instituto San Carlos de los Hermanos Cristianos. El colegio quedaba a una cuadra de la Facultad de Medicina y Siquiatría de la Universidad de Antioquia.

Era común ver en los actos públicos del colegio, actos de hipnosis realizados por los estudiantes de medicina-siquiatría, que hacían sus pruebas con nosotros los alumnos.  

En algunos descansos corría con mis amigos donde mi hermano Eugenio, para que le dijera a Jaramillo que hipnotizara a Zuleta. Lo buscábamos por entre los estudiantes que jugaban, corrían o conversaban en el patío central hasta que al escuchar la voz y el gesto de la mano de Jaramillo, Zuleta caía hipnotizado. Reía, corría y lloraba, hasta que la campana del colegio cortaba el espectáculo. Regresábamos a clase en medio de las risas.

Por esa época, mi padre nos pegó una pela memorable. Recuerdo que yo me juré no estar dispuesto a soportar una pela más y le propuse a mi hermano, que huyéramos hacia el mar. Al sábado siguiente, luego de recibir nuestro pago familiar, le recordé el plan de fuga y me miro secamente y sin dejar de caminar me dijo: no!

Esa tarde mi vida se derrumbó.

Cuando escuche al padre Luis Alberto hablar de las situaciones familiares y motivaciones de su primo, que habían alimentado el desarrollo de la historia de El Gran Sadini, descubrí el “Caballo de Troya” que era esa historia para mí.

Unos años después viajé muchas veces al mar. Puedo decir que soy un “salvado de las aguas”, y “salvado de la vida”.



Mi hermano Eugenio no lo puede decir. Yo sigo aquí tejiendo “El Gran Sadini” y mis próximas películas. 

viernes, 10 de junio de 2011

¿Quién?

No tuvo 15 años?
Tuvo problemas en la casa?
En el colegio?
Con la policía?
Se escapó sin permiso?
Quiso ser libre?
Viajar?
Conocer el mar?





domingo, 5 de junio de 2011

EL DÍA EN QUE CONOCÍ A EL GRAN SADINI

Era mayo de 1998, estaba en Bogotá realizando la investigación para escribir mi guión sobre Campo Elías Delgado, regresé a Medellín para pasar el fin de semana con mi familia, cuando recibí la llamada de Silvia. Ella quería confirmarme la reunión con Leonidas, el hombre que en su juventud, 40 años antes, se había convertido en “El Gran Sadini”. “El sábado a las cuatro de la tarde, en el Café de Oviedo”, dijo, yo pregunté: “¿Y cómo es él?”. “Un señor peliblanco”, agregó emocionada, le agradecí y colgamos. 

La cita con Leonidas era la única posibilidad que yo tenía como guionista, de conocer lo que realmente había sucedido. Iba a romper el silencio que durante tantos años había impuesto la familia sobre el tema. Estaba a punto de encontrar a la persona que durante años de trabajo silencioso, había tratado de adivinar, de conocer, en su forma de ser, de pensar, de hablar, de andar, de comer…  

Almorcé en la casa de mi suegra, doña Lily, luego conversamos y a eso de las tres y treinta salí caminando para Oviedo. Lo reconocí por el pelo blanco, llegó quince minutos tarde y al saludarlo me di cuenta de su gran estatura y contextura, rasgos que nunca me había imaginado. Nos sentamos y pedimos dos cervezas. Rompí un silencio prolongado, agradeciéndole a Silvia el habernos contactado y le conté sobre el porqué de mi estadía en Bogotá; luego le solté de una vez todas las preguntas que había acumulado en mi mente, sobre la aventura de ser “El Gran Sadini”. Cuando terminé mis preguntas sonrió, tomó un trago largo y de un sobre de manila que llevaba, sacó una foto blanco y negro de veinte por veinticinco, en la que se veía a un joven alto, elegantemente vestido de saco y corbata, con una mota tipo “Elvis”, que cogía un micrófono con una mano, y con la otra dormía a un grupo de hombres y mujeres que entraban en estado hipnótico y se inclinaban en la dirección de su mano.

Me contó que había viajado por poblaciones cercanas a Pereira, Quindío y el Norte del Valle, al lado de un médico naturista que se presentaba en colegios, en los clubes sociales y que había tenido un gran éxito con las mujeres, cosa que me recalcó. Yo quería que él siguiera hablando de las experiencias de su viaje pero me miro fríamente y dijo: “Eso fue todo. Porqué mejor, no me cuenta la historia de su guión”, y se silenció.   

Ante la contundencia de sus palabras no tuve más que recordar rápidamente la historia de mi guión y comenzar a contárselo de principio a fin. Terminé mi relato exahusto, bebí de mi cerveza y de nuevo reinó el silencio en la mesa. No era capaz de preguntarle cómo le había parecido y ofuscado por su silencio, decidí marcharme. Me puse de pie para despedirme y él levantó la mirada y me dijo: “Usted no se puede ir”. Asombrado ante sus palabras sonreí mientras le preguntaba: “¿Y por qué?”. “En mi casa lo están esperando. Yo prometí que lo llevaría”. “¿Y para qué?”, le pregunté intrigado. “Ellos quieren escuchar la historia de “El Gran Sadini”, me dijo. “Y qué les voy a decir,  si usted no me ha contado casi nada”, le repuse. “Cuénteles la historia de su guión”, me dijo secamente. Al escuchar sus palabras sonreí complacido y me senté. Estaba consciente que a partir de ese momento la historia del “El Gran Sadini”, era la que yo había escrito en mi guión.   

Para hacer tiempo nos tomamos una cerveza más y luego salimos en su “Ranger” hacia “Las Trasversales”. Llegamos a un edificio, subimos en ascensor y entramos al apartamento. Primero salió su esposa, una mujer bonita, todavía joven que sonreía un poco nerviosa; luego apareció su hijo, un joven de unos veinte años y la hija un poco mayor. Nos sentamos en una sala de color mandarina, ellos en el sofá y yo en un sillón. El abrió una botella de “Dimple” y comencé a contar la historia de El Gran Sadini mientras bebíamos y brindábamos de cuando en cuando. Interrumpido al principio por algunas preguntas de su esposa e hijos, y al final por lágrimas y abrazos que nos dábamos, emocionados de haber podido levantar el silencio familiar que pesaba sobre la historia.

Recuerdo que cuando terminé, el hijo aún incrédulo le preguntaba a su padre: “Papi, verdad, tú fuiste El Gran Sadini?” Leonidas, simplemente afirmaba con su cabeza mientras sonreía contento con lo ocurrido.

Miré  la botella de whisky y estaba casi vacía, entonces le pedí a Leonidas que me bajara a la avenida del Poblado. Antes de entrar al taxi, levanté la mirada pero tal vez por el resplandor de las luces de la Ranger, no vi a nadie, agite mi mano y entré al taxi en el preciso momento en que El Gran Sadini se marchaba.       

Por motivos profesionales yo había perdido mi interés en el tema, pero luego de la cita, lo volví a recuperar.

viernes, 3 de junio de 2011

MI PAPÁ Y YO

Mi papá, Alejandro Mejía Osorio, me puso Gonzalo porque era un gran admirador de las realizaciones de Don Gonzalo Mejía Trujillo, el prohombre paisa, que entre otras cosas fue productor y actor de la película “Bajo el cielo antioqueño”.

Mi padre huyo joven de su casa, vivió en diversas ciudades del país, llegó a Medellín y con el tiempo se convirtió en el fabricante de triciclos marca AMO. Era un amante del cine y los días domingos no iba a futbol, iba con mi madre a ver cine en cualquiera de los teatros del centro de la ciudad. Luego salían a  “chupar cono” al parque Bolívar y caminaban hasta la casa, cercana al barrio Prado de Medellín.   

Fue de New York de donde mi papá trajo el pequeño proyector de Súper 8, que me permitió conocer en mi infancia la magia de las imágenes de Hopalong Cassidy en su caballo, deslizándose silenciosas sobre la pantalla blanca.

Un poco más grandes podíamos entrar gratis al Teatro Junín, pues mi padre regalaba un triciclo de dos puestos, para que se rifara en el intermedio del matinal.
Allí, vi por primera vez “El niño y el toro”, una película de verdad. En ella, a un niño le regalan un becerro al que le llama Gitano, éste se vuelve un toro de lidia, se reencuentran en la plaza de toros y el niño lo salva.

Hay tres películas que me han conmovido particularmente: “París-Texas” de Win Wenders, “Stalker” de Andrei Tarkovsky y “Corceles de fuego” de Sergei Paradjanov. Esta última es una hermosa tragedia ambientada en los Cárpatos, que comienza con un epígrafe que me impresionó: “Los Cárpatos: tierra olvidada por Dios y por los hombres”.



Hoy en este blog, me permito dedicarle EL GRAN SADINI a mi padre. 

jueves, 2 de junio de 2011

EL ORIGEN DE LA HISTORIA

El Gran Sadini cuenta la historia de un joven de  16 años que para evitarse una pela, huye de su casa y en el viaje, por sus conocimientos de hipnosis, lo convierten en “El Gran Sadini, el hipnotizador más joven del mundo”. 

Esa anécdota la “regaló” el finado, crítico de cine: Luis Alberto Alvarez, al “taller de guión  de películas para jóvenes”, que realizó el Instituto Goethe de Medellín en el Hotel El Balcón, en el año de 1989. Allí, unos 20 jóvenes cineastas de México, Costa Rica, Perú, Bolivia y Colombia, estuvimos encerrados durante quince días, tratando de enriquecer  esa anécdota.  El taller contaba con la presencia del director alemán Rudiguer Nüchtern y la traducción del padre Luis Alberto.


Y puedo recordar la fecha precisa porque a la hora del desayuno nos tocaba compartir mesa en el restaurante, con los jugadores del Club Atlético Nacional que concentrados también allí, disputaban la Copa Libertadores.

De ese taller salió la primera versión de la historia que luego de mi trabajo como productor de la película “SUMAS Y RESTAS”, recuperé para reescribir. 


En el año de 1998 vivía en Bogotá y en uno de mis viajes de fin de semana a Medellín, recibí una llamada de Silvia Cordova. Me decía que había organizado una cita en el Café de Oviedo, para que pudiera conocer a su tío Leonidas, el hombre que 40 años antes había huido de su casa y se había convertido en El Gran Sadini. 

miércoles, 1 de junio de 2011

POR FIN.

Mayo 28 de 2011. Sábado. 2 P.M.
He venido a Bogotá para hablar en Cine Colombia y contratar la mezcla de la banda sonora de EL GRAN SADINI, mi Opera Prima, luego de 35 años de estar tras este sueño del cine. 

Llevo cuatro días en la capital. Observo las unidades deportivas y su hermosa grama, alimentada ya en exceso por el invierno que azota la sabana. Me bajo en la Estación del Virrey y camino hacia el parque. En el apartamento de León y Ana, ya ha comenzado el partido entre el Barca y el Manchester U. Messi hasta el momento no ha podido hacer nada nuevo. Vamos a la cocina y nos tomamos la primera copa de whisky ahumado, con sabor a madera, seco, rico. El pernil de pollo me gusta pero dejo la mitad porque ya había almorzado donde mi hermana. Termina el partido y caminamos hacia el lago, para comprar un disco duro. 

Un sol Bogotano de cuatro de la tarde, nos acompaña de ida y vuelta. En el regreso ellos se quedan atrás por un momento y me pongo por primera vez nervioso, al preguntarme: ¿Será que les va a gustar mi película? Me alcanzan y oculto mis pensamientos. Otro whisky del que trajo Ana que no quiere sino hablar de Paraguay pero le gana Messi, el barca y los recuerdos de cuando el nacional jugaba bonito y fue la base de la selección y los comentarios de Mejía. Llama león a Martha y parece que puede pasar un momento. Somos cinco paisas, profesionales, casualmente todos estudiamos  comunicaciones, aunque seamos periodista, fotógrafo, camarógrafo, relacionista y guionista, director, productor y también chofer. Se apaga la luz y me tomo el otro para poder tener un buen impulso para ver mi película por enésima vez. Ahora lo que me inquieta es el ¿Qué dirán? Con los problemas de siempre, vemos la película. 

Hora y media después las felicitaciones que me dan y las risas y los comentarios que escuche durante la película, me dejan tranquilo, contento porque las sentí y las supe sinceras.  Martha me pregunta por la persona que hace el papel del Mago. Le respondo que es un Santanderiano, gerente de una empresa y también mago en la vida real. Me pregunta por quién preparo los actores y respondo con alegría: Mariateresa, mi señora. Juanca corre para grabar un concierto, Martha sale para el cumpleaños de la Ponsfor y nosotros hacia la botella de whisky. Ana me felicita y dice algo relacionado con Víctor, León emocionado me dice: Goncita, me gustó la película, en todo lo que yo pueda, te voy a ayudar. 

A la media noche me acuesto contento, estoy tranquilo, pensando que estos años míos alrededor del cine, no fueron en vano.